TODO LO HIZO HERMOSO


TODO LO HIZO HERMOSO
Por Alberto H. Mottesi
Cuando uno tiene deseos y disposición de hacerlo, puede encontrar belleza en todo lo creado. Hay belleza en las hojas secas que amontona el viento. Hay belleza en las gotas de rocío que se prenden a una telaraña. Hay belleza en el tronco caído que se va cubriendo de hongos y helechos, y hay belleza en la roca carcomida por las olas que se cubre de algas y presta asiento a las gaviotas.
         El poeta Guillermo Valencia habla de un perro envenenado, muerto en la calle, sucio y enflaquecido, caído en la acequia, a la cual nadie quiere mirar. El poeta escribe,
atedia la frescura de su boca “donde nítidos dientes se enfilan como perlas refulgentes”. Era una boca torcida pero por lo menos, lucía dientes brillantes como perlas.
         El sabio Salomón afirma en el Eclesiastés que Dios, “Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. Todo lo que salió de la mano de Dios, salió perfecto. La Biblia dice que cada vez que Dios creo algo, lo miró, y “vio que era bueno en gran manera”.
         Porque Dios, inteligencia perfecta, amor perfecto y artista perfecto, nada puede hacer defectuoso. Dios creó la tierra, la luna, el sol, las estrellas. Creó las aguas y las tierras, las plantas, los insectos, los peces y los mamíferos. Creó las flores y los frutos. Creó al hombre y a la mujer. Dios creó el sexo y éste era bello, santo y bueno. Absolutamente todo, en su primitivo estado de inocencia, era perfecto y hermoso. 
         Los sanos y naturales instintos que Dios puso en el ser humano, se afiebraron por el pecado y se convirtieron en pasiones. El instinto de comer, que se satisface con frutas y verduras maravillosas, se convirtió en gula; el instinto de beber, que se satisface con agua de manantial, se convirtió en ansia de alcohol; el instinto de dirigir, se convirtió en pasión por mandar; el instinto de descansar, se convirtió en pereza; el instinto sexual, se convirtió en concupiscencia desaforada.
         Dios todo lo hizo hermoso, pero el ser humano, mal usando su libertad, todo lo puso feo. Y podemos preguntarnos, estimado lector, ¿es posible recuperar la hermosura perdida? Sí es posible.
Es posible mediante Jesucristo. Cuando abrimos nuestro corazón a Él, cuando le invitamos a entrar en nuestra vida, cuando lo tomamos como Señor, Maestro y Salvador, entonces sí es posible comenzar a reconstruir la belleza perfecta, que una vez fue nuestra y que por el pecado perdimos. Nos hace falta urgentemente regresar a Dios. Hagámoslo ahora mismo.

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